Martín Castillo Cano y el CríptidoX

Todo comienza en el Bloque Cinco de la Escuela de Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Para ese entonces, el director de la Escuela intentaba darle un giro más contemporáneo, y había contratado a un equipo de profesores ocasionales para que se hicieran cargo de varias materias opcionales, entre ellas, el Salón Cano, al borde de la extinción por hallarse anacrónico, dedicado a la perpetuación de aquellas mímesis decimonónicas de orden grecolatino adaptadas a la enunciación de la República y sus costumbrismos hispanoamericanos. La propuesta del ocasional contratado para la oxigenación consistía en provocar un relato multimodal no lineal, colectivo, digital/posdigital en flujos de redes y acciones performáticas que a su vez desembocara en nuevos flujos narrativos digitales cibernáuticos y espacios análogos. Pues bien, durante las primeras sesiones, dedicadas a un breve marco teórico y a la composición de la historia base del relato, ocurrió que el todero del Bloque Cinco, encargado por inercia y contrato in illo tempore a reparar los equipos eléctricos de la Escuela, registró -en secreto- manifestaciones biolumínicas y biosónicas de cierta criatura celular no corpórea habitante de las instalaciones. Castillo Cano había hecho el primero de esos registros con una vieja cámara de la Escuela, a la que olvidó borrar la memoria interna. Días después, uno de los integrantes del Salón Cano tuvo acceso a la dicha cámara, y fue así como todo se supo. Al principio, y a regañadientes, Castillo compartió sus hallazgos con los estudiantes, pero al cabo de dos semanas desapareció. Lo único que se pudo recuperar fue su diario y algunos planos de máquinas transductoras de emisiones biolumínicas y bioisónicas. Como era de esperarse, el Salón Cano se dedicó a la reconstrucción de las dichas máquinas, y al estudio del diario de Martín Castillo Cano, que resultó de lo más revelador.

El CríptidoX

CríptidoX es el nombre que los estudiantes le dieron a la criatura celular no corpórea que habitaba (¿habita?) el Bloque Cinco de la Escuela, y que intentaba comunicarse con Castillo Cano. El conflicto del CríptidoX podría definirse como la angustia de saberlo todo y querer comunicarse, perderse en ello sin dejar de ser. El conocimiento que había adquirido, acaso sin posibilidad de ir más lejos, era (es) la historia del campus de la universidad y del continente americano, historia que quería (quiere) comunicar sin riesgo de dispersión celular. Lo intentó muchas veces, al igual que su antecesor[1], pero el resultado era siempre la dicha dispersión, el esfumato tras la primera sílaba, el caos celular dentro de un campo magnético autólogo que lo presentaba similar a una bruma, escarcha levísima que hacía breves arcoíris. La estabilidad matérica solo era posible tras guardar silencio, situación que lo relegó a chazero mudo, vendedor impersonal de chucherías electrónicas de segunda mano, casi fantasma entre la fila de chazas que se alzan a la vera del camino hacia la calle 26. La opción de manifestarse mediante los aparatos eléctricos fue mero accidente. Baste con decir que esa noche el CríptidoX erraba cerca del Bloque Cinco, cundido de gas lacrimógeno tras el tropel del día, y que fue la junta de productos químicos, propiedades críptidas y un corto circuito lo que vertió a la criatura en el sistema eléctrico del recinto hasta desembocarlo en un retroproyector enchufado. Lo ocurrido a continuación se repitió varias veces, dándole a Castillo Cano la oportunidad de instalar aquella cámara (https://fb.watch/2xZaQAQgQp/)

Mientras se adaptada a la nueva situación, que de algún modo le permitiría comunicar todo su acerbo, descubrió que Castillo Cano sufría la desaparición sin rastro de su tío, Franco Castillo, funcionario de la biblioteca universitaria, durante los hechos del 16 de mayo de 1984. Por su puesto, el CríptidoX sabía de aquel suceso, y se empeñó en hacer contacto con Martín, para darle un poco de consuelo, y hallarle repositorio a su extenso conocimiento. Sin embargo, durante el arduo trabajo que implicaba la construcción de máquinas transductoras y la consecuente interpretación de hallazgos, Martín dejó todo atrás y desapareció.

Yo me enteré de Martín Castillo Cano y el CríptidoX gracias a Videoman http://www.fllanos.com/vi_video/index.html. Él me contó sobre las máquinas transductoras, y sobre la posibilidad de extraer las propiedades bioemisoras de la criatura para usarlas en acciones de videoguerrilla a través de medios húmedos y nanotecnología capaces de enlazarlas al nervio óptico para que invirtieran el proceso de recepción desde el hipotálamo hasta la retina, que entonces actuaría como dispositivo emisor autolumínico. Así que me contacté con el director de la Escuela para que me dejara participar en las investigaciones, y mientras tanto me vi involucrada en una serie de descubrimientos fascinantes sobre la historia del arte colombiano y la ciudad.

Eh aquí lo que ocurrió y se descubrió entre el segundo semestre del 2019 y el 11 de diciembre de 2020, gracias al trabajo de los chicos y chicas del Salón Cano de la Escuela de Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional de Colombia. https://www.instagram.com/p/CJHekjkpF4t/

[1] Video y Julieta¸ Mario Opazo https://www.youtube.com/watch?v=toq5NJ8W9Mk

Autoría Salón Cano (2019, 2020)

Álvaro Enrique Cabrejo Torres

Ana María Aristizabal Bustamante

Ana María Filomena Aristizabal

Andrea Cárdenas

Cristian David Martínez Moreno

Daniel Martín Rincón

Daniela Pinilla Espinosa

Danna Milena Quimbay Galindo

Enrique Rodríguez Araújo

Gustavo Gutiérrez Martínez

Jerson Murillo González

Jhon Sebastián Ríos Cruz

Juan Diego Páez Diaz

Juan Felipe Murillo Unate

Laura Camila Riaño Cabrera

Maira Jimena Ramírez Muñoz

María Alejandra Alfaro Marenco

María Fernanda Moreno Hoyos

Mario Elías Opazo Cartes

Miguel Ángel Rodriguez Bermúdez

Milena Galindo

Pablo José Caballero Blanco

Paola Andrea Correa Acero

Virginia Cubides Ceballos