Ricardo buscaba una cafetería para pasar el rato mientras el grupo volvía al laboratorio con el resultado de sus incursiones en las plazas del centro histórico. Entró a varios locales, pero en ninguno ofrecían verdadero té negro, sino esas marcas nacionales de combate, porquerías hechas en serie, rendidas con químicos de “sabor idéntico al natural”. Finalmente encontró el que era, y allí estaba Daphne, con un Russian caravan de yunnam y keemun ligeramente ahumados, viendo los resultados de su incursión en el smartphone.
-¿Y tú qué? ¿No vas a hacer nada?
-No, no, es que ya hice… Eso sonó raro. Me sentí muy joven de pronto. Demasiado joven.

-¿Y entonces qué hiciste? -volvió a preguntar Ricardo con aire incrédulo, mientras trataba de adivinar el tipo de equipos que habría utilizado, pues lo único que había junto a ella era un pequeño morral. Mientras hablaba, Daphne no dejaba de mirar la pantalla, que imprimía a su rostro una franja de luz fantasma. Solo cuando Ricardo se sentó frente a ella, puso el smartphone en medio de la mesa: sobre el escudo de Colombia, en un camión de policía estacionado junto a la Plaza de los Periodistas, un cóndor de los andes enjaulado intenta desplegar sus alas. Varios policías reunidos junto al camión tratan de ubicar el origen de la proyección. Los curiosos se detienen a observar. Los policías se inquietan; uno de ellos se esfuerza en dispersar a la gente, pero el número aumenta. Finalmente deciden quitar el camión, pero entonces el video se proyecta, enorme, sobre la cara frontal de la edificación al otro lado de la calle. Los transeúntes toman fotos; ríen y aplauden. La proyección desaparece.
-¿Es lo que hiciste hoy? Es decir; ¿Esta noche?
-Sí. Edité el video mientras usted daba instrucciones.
-Estuve viendo su perfil. La incursión que hizo con su grupo en Berlín. Encantadora. ¿Por qué se inscribió en este taller? -preguntó Ricardo.
-Quería conocerlo; y bueno, finalmente estamos aquí hablando. Un par de videos suyos. Aztecas de gafas oscuras descuartizando mujeres en tecnicolor con motosierras sobre altares precolombinos, como en una cadena de producción de partes humanas. La sangre corre sobre la serpiente. Las partes no caen sobre piedras solares, sino sobre parafernalias católicas. El sacerdote solar, desnudo en la cima de la pirámide, huele perico mientras un mariachi toca a sus espaldas. Ak 47s se alzan sobre los sombreros. De pronto, todos huelen perico. Curas católicos, chamanes, mariachis, comandantes de verdeolivo… todos con la nariz clavada en los restos de las mujeres descuartizadas. El desconcierto en el rostro de la reina recién coronada no tiene precedentes. Jurados, princesas, animadores y bailarines se agitan nerviosos en la tarima mientras pasan las atrocidades en HD donde deberían pasar la corona y el cetro. Varias señoras del público vomitan y se desmayan. Ese fue uno. El otro, muy cruel pero efectivo, con el indígena en traje de gala sincrética y disminuido entre columnas dóricas. El frontón apolíneo pesa demasiado sobre sus hombros, mientras arroja granos de maíz a la masa que se levanta sobre su propia mierda para alabarlo. Una voz en off: “Créame; aquí nadie quiere acueducto; su pensamiento neocolonialista le hace pensar que…”. Luego aparecen cuerpos, tendidos sobre la acera, intoxicados. Llegan los hombres blancos, muy tesos y majos, con sus charreteras doradas y sus gafas oscuras, azotando a una cuerda de indígenas desnudos que entran al matadero. Al final del laberinto, un martillo les abre el cráneo. Rubios del Séptimo de Caballería apilan sus cadáveres en un camión. Luego viene el clip con los letreros de Wendy´s y Taco Bell. Hamburguesas asándose… ¡Genial, maestro! Actores naturales, imágenes de archivo… Tremenda producción. Lo mío es corte y pegue básico, reciclaje de información en ríos-basurero.
-Pues entonces hacemos lo mismo.
-Sí. Pero usted hace cut up de sus propios productos.
-Nada. Yo pienso el video. Luego lo pongo en los dispositivos.
Daphne parpadeó varias veces y se le quedó mirando. Una leve sonrisa apareció en sus labios.
-Lo piensa y ya. O sea, usted piensa, y un dios del video le chupa el cerebro y después lo escupe -dijo Daphne con tono burlón.
-Eso lo hacen los proyectores. Pero no son ellos, precisamente, los que me chupan el cerebro. De eso se encargan otros bichos más pequeños.
-Ya entiendo; nanotecnología y bioinformática -soltó Daphne, irguiéndose un poco más, los dedos entrelazados frente a la boca.
-¿Espera que se lo diga así no más? -dijo él, con aire divertido, y se echó hacia atrás.
-No querrá que le dé algo a cambio -dijo ella con voz tajante. Luego separó las manos y le echó una mirada tediosa.


-No, no -rectificó. Ahora comprendía lo que siente la mosca cuando le cae el periódico-. Me refiero a otra cosa. Hago estos talleres con la intensión de darle mis conocimientos a otros. No se trata de tecnología; cualquiera dispara lucecitas sobre un lienzo cóncavo. Incomodar con micro pantallas en la boca y el coño a un grupo de ciudadanos hambrientos en el interior de un articulado no es la gran cosa. Vaya e improvise un concierto de punk en la catedral primada durante la misa de doce; cruce, desnuda, un campo de futbol en pleno clásico Manchester/cualquier-mierda y no deje de reír mientras un grupo de camajanes intentan ponerle las esposas. Acción subversiva simbólica: un grupo de mujeres dejan caer sus reglas frente a las residencias femeninas del Opus Dei. Su acción contra el AfD… Por eso, la mayoría de las veces solo doy instrucciones básicas y cobro en efectivo. No me interesan los grandes auditorios institucionales que ponen sus logos en el flyer para asegurarse de que sea “verdadero arte urbano” y no “agresiones a la vida y honra de nuestros gobernantes”. La mayoría de los que asisten a mis talleres aspiran a eso, a pasar los filtros burocráticos e ideológicos y debutar con obras certificadas, laureadas con el blasón gubernamental, sea cual sea la bandera de turno. Pero tampoco se encuentra actitud de guerrilla simbólica en otros espacios, por clandestinos que sean. Al final todos se rinden y tranzan con lo institucional en busca de financiamiento. Y eso no estaría mal si usaran el dinero para lo que es: para meter gato por liebre.
-Ok; muy bien. Eso… Eso está ahí -cortó Daphne- pero cómo se hace; cómo es que su mente se estrella contra las paredes y no hay inteligencia policial que valga.
Un filo de humillada indignación pasó por la garganta de Ricardo. Un leve y certero trazo.
-Primero hacen falta algunos conceptos -dijo-. Tampoco es llegar a gritar durante el velorio -sentenció con voz firme, reacomodándose en su asiento-. Empecemos por el asunto del corte y pegue. En el fondo, uno siempre sabe qué cortar y cómo pegarlo. No hay una escritura totalmente inconsciente. Si ponemos al presidente con su guitarra eléctrica y en seguida un leñador que corta árboles en Alaska es porque intentamos decir algo. El tipo en Alaska tiene una carabina terciada a la espalda y una motosierra apagada en la mano derecha. El árbol ya está cayendo… Luego viene una mujer de los ochenta, luciendo sus Levis, muy orgullosa. Tomas abiertas del Centro Comercial Unicentro, a principios de esa década, otras de la Cámara de Representantes y del Senado… Ahora, Tony Montana se resbala en la silla de la discoteca; avanza por el jardín, rodeado de personas, hacia la fosa de los tigres. Luego proyectamos todo eso en el Monumento de los Héroes, a espaldas de Bolívar.
-Ajá -dijo Daphne con aire aburrido mientras pasaba un dedo por el borde de su smartphone. Luego dejó caer la mandíbula sobre las palmas.
-Pues bien -retomó Ricardo en tono didáctico-, ahora piense que todo eso está para que un grupo de personas lo realice. Usted se encuentra al otro lado de mundo, o en su casa encerrada, porque le ha dado la gana. Entonces escribe lo que hay que hacer y lo envía por correo a su gente. Ellos deben ingeniárselas para conseguir el material y editarlo. Al final, la obra se realiza, proyección en el monumento, etc. Sin embargo, la obra es más que eso: lo que usted piensa, escribe y envía, la ejecución de la acción, los polis que llegan, el relato viral en redes sociales. Todo eso es la obra, y usted ya la había pensado, incluida la potencial contingencia. Es decir, el error, el fracaso, también son parte de la obra. La obra está en su cabeza.
-Ya casi, profe; ¿pedimos un par de vodkas? -soltó Daphne mientras le hacía una seña al mesero.
-Ok -contestó Ricardo. Luego se puso una mano sobre la frente y cortó la respiración durante un cuarto de segundo.
-Dos vodkas con agua, por favor -Daphne le dedicó al mesero una amable y corta sonrisa que de inmediato fue correspondida con una afectadísima venia. Luego, el sujeto se dio la vuelta, y se alejó.
A Ricardo le extrañó un poco aquella escena. Algo insignificante había ocurrido con demasiado “arte”, se dijo, los movimientos que fluían tan sincrónicamente, tan delicados y rituales, las palabras de Daphne como extraídas de un libro, la reverencia, y luego los pasos del hombre alejándose. Se aclaró la garganta y echó una rápida mirada a su alrededor. Luego tomó el vaso de vodka y exclamó “salud”. Entonces Daphne también levantó su vaso, y lo puso bajo sus labios sin tocarlo, con los ojos muy abiertos y fijos. Ricardo sintió que se había apresurado, que eso del vodka con agua era una especie de simulacro, una especie de anotación al margen que quería decir algo, un guiño intertextual o algo por el estilo, pensó, pero ya era demasiado tarde, porque la mezcla bajaba por su garganta y se preparaba para el siguiente trago. Decidió dejar la cosa así, dispuesto a tomarse su vaso de vodka sin mayor sobresalto, mientras la chica repetía, al unísono, su inquietante pastiche de autómata victoriano. De pronto se le ocurrió que el simulacro había comenzado desde mucho antes, y que en ello estaba la clave, una especie de sinsentido que le presentaba a Daphne como la continuación de su causa hacia universos de revolución perpetua jamás soñados.
-Muy bien; le decía que la obra está en su cabeza. El cuerpo de la obra ya está en su mente, incluso los distintos senderos que pueda tomar durante la ejecución. Imagine una criatura de siete u ocho meses de gestación.
-Permita que me adelante. Si logro que mi cerebro estrelle esas imágenes contra los muros nos ahorramos parte de la producción. Estoy yo, sola, con mi llave mágica, esperando el momento. Eso implica nanotecnología, chips en el córtex, “medios húmedos”.
-Biótica, sustancias informáticas a base de plantas chamánicas. Sincretismo tecnológico.
-Ok. Pero dejémoslo para la próxima sesión. Ahora me ha dado frío -dijo Daphne. Luego tomó su morral y se puso de pie. Ricardo lamentó no haberle preguntado sobre los equipos que había utilizado en su acción.
-Son las siete -dijo ella. Ricardo se demoró un momento en comprender.
-¡Ups! Los chicos ya deben estar esperándome -dijo, y buscó al mesero con la mirada mientras sacaba la billetera, pero no lo vio por ningún lado.
-No se preocupe; ya está todo pago -dijo Daphne desde el umbral. Ricardo se internó unos pasos en el local. Nada; totalmente vacío, y a esas horas, cuando los oficinistas lo invaden todo.
