Necesidad de las brigadas de recuperación de ADN lingüístico a partir de un fusilamiento de Benjamin

Una entidad espiritual o mental se comunica en el lenguaje, no por medio o a través del lenguaje. Lo comunicable de la entidad mental y espiritual es su entidad lingüística. Por lo tanto, el lenguaje comunica la entidad lingüística de las cosas.

Entonces, cada lenguaje se comunica a sí mismo. El leguaje de una lámpara no comunica la lámpara, sino la lámpara-lenguaje, la lámpara en la expresión. Lo que es comunicable en una entidad espiritual o mental es su lenguaje. Es decir, cada lenguaje se comunica a sí mismo en sí mismo.

El único lenguaje que nombra es el lenguaje humano. Es decir, la entidad lingüística de los humanos está en que ellos nombran las cosas.

Las cosas se comunican con los humanos. Si no fuera así, los humanos no podrían nombrarlas. El ser humano se comunica a sí mismo cuando nombra las cosas -cada lenguaje se comunica a sí mismo-.

Las cosas son en sí mismas medio, pues la entidad espiritual es idéntica a su entidad lingüística. Es decir, la cosa comunica el lenguaje mismo, pues ella es su medio. Por lo tanto, el lenguaje es la entidad espiritual de las cosas. Así que la entidad espiritual es comunicable, se establece en la comunicabilidad.

La entidad espiritual y lingüística está sometida a una gradación según criterios de existencia o de ser que tiene lugar dentro de ella. Por eso, cuanto más profundo o existente y real es el espíritu, tanto más pronunciable y pronunciado resultará, de modo que la expresión lingüística más existente, más fijada, más marcada e irrevocable lingüísticamente es al mismo tiempo lo puramente espiritual.

Pero los lenguajes de las cosas son imperfectos y mudos, pues a las cosas les está vedado el principio puro de la forma lingüística, la voz fonética. Solo pueden valerse de una cierta comunidad más o menos material.

En la Biblia, cuando Dios deja de nombrar/crear las cosas, le confía al hombre el acto creativo. De este modo, lo creativo abandona el ámbito divino y se transforma en conocimiento. Es decir, el ser humano es conocedor en el mismo lenguaje en que Dios es creador. Pero Dios creó al conocedor a su imagen y semejanza, es decir, del hacedor. Por eso, cuando el ser humano nombra las cosas -les da nombre- entra en comunidad con la palabra creativa de Dios. Es decir, el ser humano está ligado al lenguaje de las cosas por medio de la palabra con que las nombra -la cosa no tiene en sí misma ninguna palabra, pero fue creada por la palabra de Dios y es reconocida por su nombre, de acuerdo con la palabra humana. Pero el ser humano les da nombre a las cosas según su forma de comunicarse con el lenguaje/cosa que nombra.

La palabra del creador sobrevive, como lenguaje, en el lenguaje de las cosas. Por eso, la palabra del creador resplandece en el silencio y en la muda magia de la naturaleza (si es Dios) o en la muda magia de la cosa creada por ese creador. Imagínense, entonces, lo que ocurre si falsificamos esa cosa… o la naturaleza.

En lugar de falsificar, podemos -más bien- traducir el lenguaje de las cosas -como se traduce el lenguaje de la naturaleza al lenguaje de los humanos-, y esta traducción no solo será la traducción del mundo a los sonidos de la voz, sino también la traducción de lo innominado al nombre.

Al traducir, de un lenguaje imperfecto a otro más perfecto, por supuesto, añadimos algo; ese algo es el conocimiento. Al traducir “el lenguaje mudo e innombrado de las cosas al nombre”, mediante los sonidos de la voz, no suplantamos, falsificamos ni imponemos nombres, pues atendemos al conocimiento, que, de hecho, nos permitirá elegir nuevos materiales y formas de adaptar la cosa -si no contamos con los indicados por el creador- para traducirla del modo más fiel. Observar y nombrar requiere comunicarse con la mudez comunicativa de las cosas y los animales. El lenguaje humano recoge, en el nombre, esa mudez comunicativa de las cosas y los animales. De ahí el estrago al falsificarlas, pues solo la palabra (o el sentido) con que fueron hechas las cosas -la palabra de quien las creó, sus razones, planos, maquetas, medidas…- permite a otros nombrarlas, replicarlas y/o adaptarlas.

Así que el lenguaje mudo de la existencia de las cosas solo puede introducirse en el lenguaje del conocimiento y del hombre por medio de la traducción. Habrá tantas traducciones como lenguajes y, por supuesto, gran confusión. Ya sabemos lo que ocurrió en la torre de Babél y frente al árbol del bien y el mal. De ahí que las sondas con alma biológica sean más efectivas al momento de registrar ADN lingüístico, pues se comunican en el lenguaje primordial del universo; han conservado el eco del Big bang, materia prima del lenguaje en general y de todas las cosas.

Si el acto de nombrar implica conocimiento y mejoramiento, si las cosas fueron hechas con la palabra/acto creativo de un creador original, será con esa misma palabra creativa que se deben nombrar y conocer -traducir, reproducir, replicar- las cosas. Con esas mismas palabras -planos, sentidos, maquetas, medidas, intensiones-, sin importar el lenguaje que se use. Sin embargo, y he aquí la razón de ser de las sondas, se sabe que hemos perdido la inmediatez del nombre, hemos caído “en el abismo de lo mediato de la comunicación, de la palabra como medio, de la palabra vana, de la charlatanería”, de la confusión de lenguajes. La torre de Babel abrió “las puertas a la pluralidad de lenguas, a la confusión lingüística” que nos obliga al ejercicio de la recolección de adn lingüístico, pues hemos perdido la mirada que nos permite “abrirnos a la penetración del leguaje de las cosas”. “Hemos perdido la base común de nuestro espíritu lingüístico atrofiado. La charlatanería que ahora nos aqueja confunde, envilece el lenguaje de las cosas y a las cosas mismas, las somete en el disparate” en la falsificación, en la producción sin sentido en cadenas comerciales de muebles y accesorios, museos, galerías, zoológicos, partidos políticos, cierto tipo de discotecas y conciertos, grupos musicales, telenovelas, noticieros, centros comerciales…

Hay, entonces, luego de la gran caída, de la confusión, otra mudez, la tristeza de las cosas y de la naturaleza que, al carecer de habla, tampoco tiene ya quien la nombre en el lenguaje inmediato, paradisíaco, en el lenguaje bienaventurado -mejor digamos poético-. Lo único que le queda es esa confusión de lenguajes humanos en los que el nombre se ha marchitado. Por tal razón, en este momento, las cosas no son llamadas por su nombre, sino que están sobredenominadas. Algo se interpone entre el lenguaje de las cosas y los lenguajes humanos. De ahí la aflicción, el enmudecimiento de las cosas, la necesidad del rescate lingüistico.

Los seres espirituales y mentales se comunican en su lenguaje. La corriente ininterrumpida de tal comunicación fluye por toda la naturaleza, desde la forma más baja de la existencia hasta el ser humano y desde el ser humano hasta Dios -o el Big bang, qué carajos-. Mediante el nombre que le da a las cosas y a sus semejantes, el ser humano se comunica con el origen del universo y con las cosas, gracias a esa comunidad del lenguaje mudo y sin nombre de la naturaleza, que es el residuo de la palabra creadora del Big bang -su eco, ese ruido blanco que atraviesa la materia negra-, conservada, a su vez, en el ser humano como nombre que conoce. Todo lenguaje superior es una traducción del inferior, hasta que en la última claridad se despliega la palabra primera, el eco, el ruido blanco que constituye la unidad de este movimiento del lenguaje.

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