La casa, en el barrio Patria, estaba cerrada. Golpeamos y gritamos su nombre varias veces, pero fue inútil; así que forcé la puerta. Se destacaba un fuerte olor a humedad. No había restos de comida ni signos de abandono, pero el polvo se acumulaba en los entrepaños de la concina y daba cierta densidad a las telarañas. Los recibos en rojo que advertían sobre cortes de servicios públicos cubrían el suelo. Sobre la mesa del comedor, frente a las cartas de un solitario inconcluso, pesaba un viejo Sanyo de forro café. Junto a la estufa, sobre el mesón de concreto, había decenas de páginas manuscritas y dibujos a medio quemar, arrancados de algún cuaderno.
Semanas atrás, había ido con algunos miembros del Salón Cano a revisar unos lienzos que se habían encontrado dentro de un viejo baúl. Dijeron que se relacionaban con el tío pintor de Castillo Cano, así que sentí curiosidad. El baúl estaba en una casa del barrio La Cabrera, en el norte de la ciudad, que sería demolida dentro de poco, así que al grupo le urgía rescatar los lienzos, y cualquier otra cosa relacionada con el desaparecido todero del Bloque Cinco.
Al verlos, inmediatamente pensé en los cuadernos de Curzio de León. Estaba segura de que en ellos había bocetos muy similares a los bodegones que habían extendido frente al viejo baúl de viaje lleno de calcomanías de hoteles y sellos postales del mundo. Les tomé algunas fotos, y volví a mi apartamento para cotejarlas con los cuadernos de Curzio.
En efecto, se trataba de los bocetos originales de aquellos viejos bodegones. Estaban pegados y doblados en cuatro partes, dentro de una libreta con anotaciones y otros dibujos de animales, plantas y objetos, a manera de infografías taxonómicas. Sin embargo, noté que la letra, la forma narrativa, la factura en general, no era la de Curzio, sino la de otro sujeto, acaso el pariente de Martín. ¿Cómo había llegado esta libreta a las manos de Curzio de León?
Para averiguarlo, comencé revisando el diario de Castillo Cano donde se refería a los bodegones encontrados en el baúl de La Cabrera. La entrada me hizo pensar que Castillo Cano se habría deshecho de la libreta en algún momento, para vendérsela a Curzio de León o a cualquier otro sujeto interesado en curiosidades artísticas decimonónicas. ¿Por qué lo hizo, si le era tan preciada, como queda implícito en el diario?
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Lo más adecuado era, pensé, buscar información entre los anticuarios y libreros de viejo del centro de la ciudad. Por fin, tres días después, di con la persona indicada. Se trataba de un viejo chazero, amigo del propio Martín Castillo Cano, que le había ayudado -dijo- a vender las libretas en su puesto del Mercado de las Pulgas. “Ese día estábamos juntos; el hombre que las compró sí cruzó un par de palabras con Martín, pero solo para regatear el precio. No me acuerdo del nombre; era una vaina extraña, como en italiano, pero ni idea”, dijo el chazero. Luego le pregunté si sabía dónde estaba Castillo, y me contestó que sabía, pero haría ya un año que no se lo encontraba. Como no tenía la dirección, le pedí que fuéramos juntos al lugar: una pequeña casa de ladrillo, idéntica a las demás que se extendían flanqueando las estrechas calles del barrio Patria.
A pesar del mal estado en que se encontraban, las páginas amontonadas sobre el mesón de la cocina nos fueron muy útiles en la reconstrucción de los últimos días de MCC.